lunes, 26 de diciembre de 2016

Morirse es vivir


A veces hemos oído que mucha gente tiene miedo a la muerte, a morir, al más allá... pero en realidad no se dan cuenta que su temor es distinto: en realidad tienen miedo a «vivir», concretamente a no haber vivido y que la muerte les alcance después de haber llevado una vida mediocre.

La famosa psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross organizaba unos talleres para personas que tenían miedo a la muerte y uno de los objetivos era que los participantes se dieran cuenta que su temor era infundado y que en realidad su mayor miedo era a no vivir plenamente.


En este punto, nos hacemos esta pregunta: ¿si mi temor real es a no vivir, por qué pienso que es a morir?. La respuesta viene dada por algo que todos tenemos: El Ego. Los animales también lo tienen y se llama «instinto de supervivencia». El Ego nace con nosotros y nos acompaña toda la vida.


De niños, necesitamos cosas para poder sobrevivir como es el alimento o el amor de nuestros padres, en ese punto el Ego nos dice que merezcamos la aprobación de nuestros progenitores para que sigan dándonos alimento y amor.


A medida que pasa el tiempo utiliza otros métodos para protegernos y el favorito es la «proyección»: vemos en los demás los defectos que nos desagradan de nosotros mismos pero no queremos reconocer. El Ego nos convence que los defectos los tienen los demás y no nosotros y así, nos protege de mayores sufrimientos.


El Ego también tergiversa la realidad en su afán de supervivencia, nos convence que no es que tengamos miedo a no vivir sino que le tememos a la muerte: es algo más fácil de manejar, la muerte es algo inevitable.


La vida es un ciclo infinito de nacer, vivir y morir. Alguien dijo alguna vez que «la muerte está tan segura de su victoria que nos da toda una vida de ventaja»; después de la muerte no sabemos qué sucede aunque yo creo que la conciencia sobrevive después de fallecer.


El Ego siempre está activo para cumplir su función pero los seres humanos disponemos de algo que no poseen los animales: la conciencia, que nos permite ejercer nuestro libre albedrío, el «darse cuenta» es algo que no poseen los animales, un gato no sabe que es un gato.


En todas las circunstancias de la vida, siempre y cuando no ejerzamos nuestro libre albedrío, el Ego va a tomar el control. Si no nos damos cuenta que tenemos miedo a no vivir, el Ego nos va a convencer que tenemos miedo a morir.


Cuando decimos que hay que «vivir plenamente» podemos imaginar una vida llena de lujos, viajes alrededor del mundo, propiedades, glamour...es cierto, es una forma pero no está al alcance de todo el mundo, hay otras formas.


¿Saben cuál es, en mi opinión, uno de los colectivos más felices del mundo? Las monjas. Algunos podrán pensar que ellas llevan una vida muy austera, sin lujos, dedicadas a servir al prójimo... realmente ellas son felices.


La clave está en que salieron del «yo» y entraron en el «tú», dejaron de atender las necesidades del Ego y se volcaron en los demás. Cuando nos concentramos mucho en nosotros mismos, el Ego adquiere más fuerza, nos dice cosas como que tenemos la autoestima baja, que estamos obesos, feos, perdiendo el cabello, que nadie nos quiere...


Cuando dejamos de ocuparnos de nosotros mismos, el Ego se debilita y aquellas cosas que nos preocupaban pasan a un segundo plano: estamos demasiado ocupados para eso.


No todo el mundo tiene la vocación de una monja pero podemos aplicar en nuestra vida esta filosofía de vida. Por ejemplo, si tu profesión es la venta, en lugar de pensar «¿Cuánto voy a ganar en esta operación?», nos concentramos en «¿Cómo puedo servir al cliente con mi producto?». El dinero es algo que se derivará del servicio, este es uno de los secretos mejor guardados de los vendedores más exitosos.


Otra forma es obsequiar parte de nuestro tiempo libre en ayudar a otros, puede ser un compañero de trabajo para que conozca mejor su trabajo, apoyar alguna organización sin fines de lucro, disponer de una web que ayude a mejorar la vida de otras personas y cosas por el estilo. Hace algunas décadas el Doctor Albert Schweitzer, Premio Nobel de la Paz en 1952, dijo algo que resume esta idea: «No sé cuál será su destino, pero hay algo que sí sé: los únicos entre ustedes que serán realmente felices son los que han buscado y encontrado el modo de servir».


¿Recuerdan la película de animación «Up una aventura de altura»?, en ella vemos a un niño y una niña amantes de la aventura, ella tiene un álbum donde va colocando las aventuras que ha tenido y otra sección para las que tenga en el futuro entre ellas ir al punto más alto de un tepuy en Venezuela. Pasados los años, se convierten en marido y mujer, ella no puede tener hijos lo que hace que se unan más.


Llevan una vida normal pero siempre con el sueño del gran viaje pero cuando tienen algún dinero ahorrado, surge algún imprevisto y tienen que gastarlo. Pasan los años y ya son ancianos, ella fallece y él se queda solo y con la tristeza de no haber podido cumplir el sueño que tenía con su esposa.


Emprende una aventura fantástica para llegar al tepuy y un día revisando el álbum de su esposa, descubre que en la sección de aventuras futuras, hay numerosas fotos donde aparecen los dos en situaciones cotidianas como un paseo, un cumpleaños, haciendo picnic... y al final una frase escrita antes de morir dedicada a su marido: «Gracias por la aventura. Ahora ve a por más». El vivir la vida está asociado a cuanto amor damos y recibimos, el bien que hacemos, pensar positivamente, la cercanía con los seres queridos.


Hace algún tiempo vi una obra de teatro del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela titulado «Cuatro corazones con freno y marcha atrás». En dicha obra un grupo de parejas, temerosos de envejecer y morir, se someten a un experimento que hace que no envejezcan y mueran.


Al pasar de los años, esta situación los retira de una sociedad donde todos envejecen y mueren y se trasladan a una isla desierta. En ese lugar, uno de los personajes de la obra hace la siguiente reflexión: «Morirse es un acierto estupendo. Morirse es vivir. Cuando se ha sabido aprovechar la vida, morirse es vivir. De igual modo que cuando no se ha sabido aprovechar la vida, vivir es morirse.»


Elias Benzadon