lunes, 26 de diciembre de 2016

La puerta nunca volvió a cerrarse


La reunión se había prolongado por varias horas, los clientes estaban indecisos ante los equipos que les ofrecía Francisco Durán, gerente de ventas de una prestigiosa empresa de equipos de oficina.

Francisco era el mejor vendedor de la empresa, sabía llegar al cliente, entendía sus necesidades y era muy hábil a la hora de negociar condiciones de venta. Al final de la reunión, había concretado una importante venta y fue felicitado por el dueño de la empresa. Francisco se sentía muy contento y orgulloso de su trabajo.

Al final de la tarde una vez finalizada aquella extensa jornada laboral, tomó su automóvil rumbo a su casa. En el trayecto, su alegría se iba transformando en tristeza; al entrar a su casa, su rostro era sombrío, abrazó a sus dos hijos y buscó el control remoto del televisor.

Desde la cocina, se oía la voz de su esposa Irene –con quien estaba casado hace diez años- reclamándole que había llegado tarde, que si su trabajo era más importante que su familia, de su torpeza ya que no sabía arreglar el lavamanos que se había atascado.

Francisco se puso a ver un programa de televisión mientras Irene seguía con sus reclamos y regaños. En algún momento dejó de prestar atención a sus palabras y su mente comenzó a repasar su vida; se preguntaba por qué seguía en esa relación,
tal vez sería por su forma sumisa, al igual que lo era la mamá con el papá, un hombre exitoso en los negocios y de carácter fuerte.

A veces Francisco prefería estar en el trabajo que en su casa pero procuraba concentrase en sus hijos y no pensar tanto en su relación sentimental.

Se daba cuenta que su profesión era lo más importante, quería ser cada día mejor en su área laboral pero fuera de eso se sentía vacío internamente y no sabía qué hacer con esa sensación; procuraba rodearse de objetos materiales que le hacían sentir feliz por algunos días pero luego volvía a sentir el vacío. Su esposa ya no salía con él, prefería hacerlo con sus amigas.

A veces se sentaba en la terraza y observaba a su vecino Hans, un señor jubilado, que cuidaba su jardín y sembraba hortalizas, frutas y flores; pasaba horas en ésta actividad.

Siempre le saludaba y le preguntaba por sus plantas y le felicitaba por el hermoso trabajo que llevaba a cabo. Francisco tenía ganas de conversar un poco para olvidar esa sensación de vacío y aceptó la invitación que le hizo su vecino para tomar algo en su casa. Conversaron largo rato sobre diferentes temas pero invariablemente el estado de ánimo de Francisco se dejaba intuir y en algún punto comenzó a contarle a Hans lo que le sucedía. El vecino le escuchó atentamente y con mucho interés, asintiendo con la cabeza.

-Dime algo –le preguntó Hans, -aparte tu trabajo, ¿en qué empleas el resto del tiempo?.

-Procuro dedicarle el mayor tiempo posible a mis hijos, ayudándolos en sus tareas escolares y compartiendo con ellos; me gusta leer; en ocasiones me reúno con algunos amigos del trabajo pero siempre terminamos conversando sobre temas
laborales. Por lo demás, me ocupo que en nuestro hogar no falte nada, cuidando de la economía doméstica.

-De alguna manera, tu trabajo es el centro de tu vida- le indicó Hans –y aún cuando sales de él, te quedas dentro. En la vida todo necesita de un equilibrio; las actividades que desarrollamos se complementan unas con otras.

-Lo sé –interrumpió Francisco- necesito un hobby, tal vez practicar algún deporte o hacer bricolaje para mantener mi mente alejada del trabajo.

-Es mucho más que eso –prosiguió Hans-, es el sentido de la propia estima. En estos momentos tu autoestima viene determinada por algo externo, por la excelente opinión que tienen de ti en la empresa por tu desempeño tan sobresaliente y los consiguientes beneficios materiales que ésta situación te brinda.

-Es cierto –reconoció Francisco.

-La autoestima representa la opinión que tenemos de nosotros mismos cuando expresamos los talentos únicos de los que hemos sido dotados, sin importar la opinión que los demás tengan de nosotros. Cuando sabemos lo que valemos, los
comentarios negativos o los elogios de otras personas no tienen importancia.

-¿Y cómo sé yo cuáles son mis talentos únicos?- preguntó Francisco.

-Ya los posees pero no los has expresado adecuadamente. Tu éxito laboral viene dado por tu capacidad de comunicación, ése es un talento pero necesitas expresarlo en otras facetas de tu vida.

-Explícame mejor eso- inquirió Francisco.

-Tu educación fue dirigida a propósito hacia la consecución de metas materiales olvidando el equilibrio necesario en todo lo que hacemos. Toda tu actividad está regida por el hemisferio izquierdo del cerebro, que es quien maneja los aspectos
lógicos y de razonamiento. El equilibrio viene dado al usar el lado derecho del cerebro, que es el lado artístico, espiritual e intuitivo. En ese lado se encuentra la puerta.

-¿Qué puerta?- preguntó Francisco.

-La puerta al inconsciente- respondió Hans. Ahí está el mayor poder de nuestra mente y tu autoestima se encuentra en este nivel.

-¡Explícamelo mejor!- le pidió Francisco.

-Supongamos que eres pintor, una actividad artística cónsona con el lado derecho del cerebro. Al terminar una pintura, te sientes orgulloso de tu creación y de lo que eres capaz de hacer por ti mismo. En ese momento no te interesa lo que los demás piensen de tu obra: eso es autoestima.

Días después, mientras conducía a su trabajo, iba pensando en las palabras de su vecino Hans y en cuáles podrían ser los talentos únicos que él poseía y cómo expresarlos. Iba distraído en sus pensamientos y no se percató de un vehículo
que salía de un estacionamiento. Al darse cuenta, viró a la derecha y se estrelló contra un poste del tendido eléctrico.

Han pasado dos días y Francisco se despierta en el hospital. Su compañero de habitación le pregunta cómo se siente y en la conversación le cuenta que mientras estaba inconsciente fue visitado por la esposa, los hijos y varios compañeros de
trabajo.

Luego prohibieron las visitas para que pudiera descansar del accidente sufrido, que afortunadamente no tendría secuelas. Le contó igualmente, algo extrañado, que la esposa comenzó a decir en voz alta que él era un torpe y siempre andaba distraído y no era raro que chocara.

Francisco había oído otras veces estos comentarios en boca de su esposa y se había sentido mal por ellos pero en ésta ocasión no pudo más que reírse a carcajadas haciendo que su compañero de cuarto se contagiara y rieron los dos recordando las palabras de Irene.

La enfermera entró a la habitación y le informó de su estado de salud a Francisco indicándole que debía permanecer dos días más en el hospital pero que podía caminar un poco por los alrededores y le sugirió que se acercara al pabellón infantil
que estaba cerca donde las voluntarias de las «Damas Azules» dirigían actividades recreativas con los niños internados y sus madres.

Al momento de retirarse del pabellón las voluntarias, Francisco se acercó a Isabel, la que había dirigido las actividades, para comentar la labor que ellas desarrollaban.
Isabel le habló de las actividades con los niños con cáncer en dicho pabellón. Éstos niños permanecían junto a sus madres largas temporadas mientras reciben tratamiento y las voluntarias les proveen apoyo y momentos de alegría, amor, entusiasmo, diversión... a veces solicitan la presencia de otras personas para este fin.

Francisco pensó rápido; él era bueno entusiasmando a otros...al menos lo era con sus clientes...tal vez es diferente con niños... había leído también sobre los beneficios de la risa y del contacto físico en el proceso de curación. Le propuso a
Isabel si él podía organizar alguna actividad con los niños; a Isabel le agradó la idea y quedaron en llamarse para coordinar los detalles.

Una vez abandonó el hospital, Francisco consiguió a través de la empresa donde trabajaba, un televisor de pantalla gigante y un reproductor de DVD; compró varias películas infantiles, algunos disfraces y una alfombra grande. Isabel le informó
que los niños esperaban la sorpresa que él les tenía preparada para el sábado siguiente.

El día previsto, Francisco instaló los equipos y junto con Isabel reunieron a los niños para ver la película «Madagascar», sentados en la alfombra. Todos rieron a carcajadas con las aventuras de los animales del zoológico llevados al continente africano. Al final de la película, organizó una sesión de disfraces de animales del film y los niños comenzaron a imitar al animal que les pareció más divertido.

A medida que los niños conocieron más a Francisco, él los tomaba de la mano y los abrazaba a todos. En otra ocasión organizó una reunión para que los niños hablaran de sí mismos y sus expectativas sobre el futuro. El se limitaba a una escucha empática permaneciendo en silencio y prestando atención a lo que decían los niños.

Siguió organizando actividades con los niños los cuales estaban más entusiasmados y a su vez Francisco también se sentía mejor y sus estados depresivos desaparecieron.

Irene veía a su marido con extrañeza, él ya no le hacía caso, su mente estaba en otras cosas entre ellas Isabel.

Ha pasado algún tiempo y la presencia de Irene se hizo cada vez más difusa y en su lugar aparecía Isabel, vestida de azul, siempre sonriente. Hizo nuevas amistades y otras se alejaron; el panorama iba cambiando poco a poco sin darse él cuenta,
su entorno se modificaba y la puerta nunca volvió a cerrarse.



Elias Benzadon